EXPOSICIÓN DE MOTIVOS

Las altas esferas nos miran con paternal complacencia. De lo que no son conscientes es de que nosotros, pequeños y escasos asteroides en plena explosión demográfica, cuando giramos a su alrededor, no lo hacemos dócilmente. Les escrutamos, les estudiamos. Una y otra vez. Aunque ya tengamos demasiado vistas sus superficies leprosas y salpicadas de chancros sifilíticos. Simplemente nos estamos reproduciendo, poco a poco. Estamos esperando el momento ideal, que acontecerá el día más pensado, cuando a la ocasión la pinten con rastas hasta la mismísima culera, para lanzarnos sobre sus sorprendidas caras. Algún día caeremos como hierros al rojo vivo sobre sus cordilleras podridas. No habrá coordinación, será una lluvia ácrata, un chubasco irregular y Aleatorio, sin una política definida. POR FIN.

Nuestros cerebros serán meteoritos de todos los colores. Eso es lo de menos. Caeremos a su derecha, a su izquierda, en sus bancos y en sus politburós. En sus templos, en sus logias, en sus sedes del partido, en sus Casas del Pueblo. Lapidaremos mentalmente sus Cuarteles Generales, sus centros de comunicaciones monodireccionales. Pianos de Jerry Lee Lewis sin teclas berreando silenciosamente "Great Balls of Fire". Eso seremos.

Pero mientras tanto, seguimos aumentando la familia. Se engrosa el cinturón. Es una batalla entre la mitosis asnal y la del pensamiento auténticamente libre.

Y se acabó el "si Dios quiere". Habremos de querer nosotros. Porque, llamadme loco, eso es lo que creo que Dios quiere: mujeres, hombres, personas actuando por sí mismos... con el pensamiento verdaderamente libre.

Firmado: una bomba nuclear tranquila.

lunes, diciembre 19, 2016

QUERIDA ALEGRÍA II

Querida alegría desquiciada, toma asiento
entre mis rojizas bisagras de calma. 

Deja de golpear los cristales... 
demasiado frío ahí afuera.

Tres montes me ofrecieron ser feliz, 
sus lomos serían ángeles 
dibujando vegas con cálida escarcha;
me hablaron de sed, de cuarentena, 
de estepas preñadas de envidias, 
de barrancos de lentísima caída,
si rompía su círculo previsto. 

Así que te envié mil cartas
suplicando una visita improbable
a mi terco retiro. 

Acudiste seguramente
para burlarte de tanto yermo tallo. 

Pero acabose mi paciencia 
y cuando atravesaste el recibidor, 
y te reíste de mis sobras afectivas, 
soldé cada palmo de la puerta. 

Así quedamos encerrados 
cada cual a su manera, 
a su modo, 
a su forma, 
a su estilo. 

Y ahora que estás aquí, te jodes. 

Me conocerás 
cuando sangres tu deuda en mi frente. 

Me conocerás 
cuando hagas falta ultrapuertos. 

Me conocerás 
cuando yo lo diga.

miércoles, diciembre 14, 2016

lunes, diciembre 12, 2016

SUBVALERIANA VI

Observen: somos hijos de conciencias ajenas.

El secreto (de la barbarie) está en la masa.

Soy esa adarga que toda lanza ajena jode,
el cuchillo que chilla al notar la piedra en su filo,
el vértice del bosque sin propágulos.

Los coágulos de memoria son un búnker de proyectiles insaciable,
anfibológicamente imperfecto,
ansiosos de más rayos para el doliente.

Más allá de la Hiperbórea del Papel,
dará eternos pasos al frente nuestro Verbo:

En el confío
a falta de pan honrado
entre estas reyertas.

Somos la masa más gris que el águila en el cielo pudiera vislumbrar,
desciende, nos desuella hasta lo sulfúrico.

Creerse único
es eutanasia.

El secreto de la barbarie está en la masa
porque cada deforme porción que la conforma
se cree tan especial como el resto de aquella.

martes, diciembre 06, 2016

SHOW DE RIPIOS III

Lo que sus ojos dijeron fue lápiz contra diamante. Lo que sus ojos dijeron fueron palabras brillantes, palabras duras, de hierro como hierro en bracamarte. Lo que sus ojos gimieron bajo frente desplomada fueron espinosos verbos dichos, mas sin decir nada. Lo que sus ojos gritaban con tímpano a bocajarro eran voces ignoradas por tantos burgueses años. Lo que sus ojos mataban eran gentes prescindibles, y el tránsito clareaba tornándosele invisible. Lo que sus ojos ansiaban era haber nacido ciegos. "Muy mal sus ojos midieron la anchura de aquesta calle" decían los enfermeros que atendieron al cadáver. Lo que sus ojos lloraron -atropellados en sangre- fue que no vivir tapados causó el terrible desastre. Y los ojos del difunto miraron a las estrellas: por prima vez n'este mundo mirar les valió la pena. Lo que sus ojos dijeron fue siempre tierra entre tierra.